La ira y el perdón: complementos para la liberación del ser humano

Altair Mendoza Rodríguez


Tranquilizarnos en los momentos de ira nos permitirá discernir entre lo correcto e incorrecto y abrirá una ventana hacia la posibilidad de perdonar a los demás.

La mente es compleja y tanto sus creencias como sus emociones juegan un papel importante en el desarrollo de su interacción con la sociedad. Por ello, como individuos conscientes de nuestras acciones y comportamientos, resulta imprescindible dialogar con nosotros y generar un acto de reflexión por medio de la razón, para evitar sentirnos perdidos o dejarnos llevar por emociones que afectan la visión que tenemos respecto a algo o alguien, sobre todo si estamos involucrados en un contexto o situación que nos hizo sentir vulnerables o ultrajados.

La ira y el perdón: complementos para la liberación del ser humano

Si bien es difícil conciliar con nosotros el control de nuestras emociones, se debe considerar que lo más importante es sentirnos bien y tener una paz interior, antes que optar por un camino que genere insatisfacciones personales, que eventualmente pueden hacernos sentir miserables e inconformes con el entorno que nos rodea. Este tipo de situaciones que ponen en juego nuestra estabilidad emocional, son más comunes de lo que parecen y nadie está exento de experimentarlas. Bajo este planteamiento, el tema que atañe es el de la ira y el perdón vistos como dos elementos que, más allá de desvincularse el uno del otro, deberían complementarse como un acto de liberación del sentir del ser humano.

La ira es entendida por Aristóteles como “un apetito penoso de venganza imaginada por causa de un desprecio imaginado contra uno mismo o contra los que nos son próximos, sin que hubiera razón para tal desprecio” (Aristóteles, 2011, p. 697-698, citado en Nussbaum, 2018, p. 35). En este sentido, la ira resulta de la percepción que una persona tiene respecto a algo cuando es invadida por este sentimiento. Sin embargo, puede que su visión esté nublada y no vea las cosas como realmente son, aunque esto no quiere decir que no le afecte lo que está experimentando, pues después de todo, la ira es una emoción compleja que tal y como indica Nussbaum (2018), implica dolor y placer.

La ira es toda agitación, desenfreno en el resentimiento, sed de guerra, de sangre, de suplicios, arrebato de furores sobrehumanos, olvidándose de sí misma con tal de dañar a los demás, lanzándose en medio de las espadas, y ávida de venganzas que a su vez traen un vengador. (Séneca, 2003, p. 2)

Así, se entiende que cualquier pensamiento que la ira genera proviene de un sentimiento dañino que causa estragos en el ser humano y que lo alienta, en la mayoría de los casos, a realizar acciones de las que probablemente no está consciente en el momento, en oleadas imparables emergen el el enojo, descontento o decepción sobre algún acontecimiento. El deseo de venganza invade a la persona porque siente que a través de la ira podrá sentirse mejor y el daño que se le hizo será retribuido. No obstante, la ira guarda con la violencia una similitud, la cual recae en el hecho de que la violencia genera más violencia. En el caso de la ira, la sed de venganza y la culminación de la misma, lo único que se genera es un círculo que se alimenta de odio y resentimiento, lo que a su vez tendrá como fin el envenenamiento del alma de los involucrados.

En la vida seguramente nos enfrentaremos a circunstancias que nos provocarán ira, ya que es un sentimiento natural inevitable, pero debemos considerar que si dejamos que la ira nos consuma y no discernimos entre lo importante -que es la estabilidad emocional-, viviremos en una especie de tiranía en la que seremos esclavos de nuestros impulsos y el papel de verdugo lo interpretaremos más que a quien se odia o se le atribuye la ira. Por ello, debemos ser capaces de aceptar lo que se vive sin justificarlo o restarle importancia hay que darle oportunidad al perdón. A menudo es más fácil sentir ira y descargarla sobre otros que otorgar el perdón a alguien que cometió una falta o ultraje, ya que es un proceso complejo en el que se involucran varios elementos. 

La ira y el perdón como dos elementos que, más allá de desvincularse el uno del otro, deberían complementarse como un acto de liberación

Charles Griswold argumenta que el perdón es un proceso de dos personas que incluye la moderación de la ira y un cese de los proyectos de venganza (Griswold, 2007, pp. 149-150, citado por Nussbaum, 2018, p. 87), pero para que esto surja, se necesita que quien cometió la falta esté consciente de lo que hizo e incluso se muestre arrepentido de sus acciones, hasta el nivel de comprometerse a no repetir su actuar, así estaría demostrando interés respecto a la persona que lastimó y sería acreedora del perdón. De esta manera, el perdón está vestido de complejidad que no es fácil de mediar, pues para conseguirlo se tiene que llevar a cabo un proceso de reflexión en el afectado, pero también en aquél que cometió la falta, ya que será más sencillo perdonar si se sabe que quien actuó mal está arrepentido, y esto se puede tomar como una demostración racional de su parte. Por el contrario, quien en sus actos ofendió o lastimó a otra persona, se muestra irónica referente a eso, entonces dependiendo de la gravedad de su actuar, el perdón se convierte en algo casi imposible de otorgar, y si en dado caso se decidiera no otorgarlo, entonces la persona afectada estaría en todo su derecho.

El perdón no implica cambiar de vista sobre lo que hizo el culpable considerándolo inocente, no es la revelación de un inocente en medio del pecado, sino la revelación en el instante del amor al otro y el desprendimiento de las razones de venganza que yacen en el corazón del ofendido. (Villa, 2015, p. 131)

El perdón, como se mencionó con anterioridad, no es olvidar lo que pasó o restarle importancia a la situación, va más allá de eso, es un derecho moral del afectado que “al perdonar, más que alejarse del mal, decide no imitarlo ni asemejársele en nada” (Jankélévitch, 1967, citado por Villa, 2015). Ante esto, la persona que perdona es consciente de que, en primera instancia, es capaz de hacerlo y en segundo, este acto puede fungir como un elemento de liberación que le permita deshacerse de cosas que le atormentan o no le permiten sentirse plena.

La ira y el perdón suelen conectarse porque ambos abarcan un proceso, tal vez uno se genera más rápido que el otro, pero al final la ira conlleva al perdón (en algunos casos), siempre y cuando la persona afectada por la ira lo permita. En el escenario de la ira se pueden presentar dos situaciones, la primera es que quien sintió ira, cometió un acto que ofendió a alguien más, o la segunda, que la ira se generó porque alguien la ofendió; en ambos casos, lo esperado sería el perdón, tanto por parte del ofendido como del que atacó, pues en el fondo, el simple hecho de perdonar es positivo después de que se vivió una mala experiencia.

Si algo es cierto es que nadie está exento de cometer errores y en muchas ocasiones hemos ofendido de manera consciente o inconsciente a alguien, sucede en cualquier ámbito. Sucede en el ejercicio de nuestra profesión, por ejemplo, cuando a los conductores en lugar de los encargados de las notas o la empresa, por lo tanto, los conductores sufrirán críticas y desacreditaciones respecto a su trabajo, sus valores y su moral. En este caso, la sociedad tendría que valorar la posición de los conductores y no justificarlos como tal, más bien intentar comprenderlos, ser empáticos con ellos y perdonar su actuar sin convertirlos en agresores de manera tajante.

Para concluir, considero que es indispensable mediar entre la ira y el perdón, pues si dejamos que la ira nos consuma, nos estaríamos perdiendo como seres racionales y en el futuro a quienes tendríamos que perdonar no sería a un agresor externo, sino a nosotros, porque nos estaríamos provocando daño con nuestras acciones. Por lo tanto, tranquilizarnos en los momentos de ira nos permitirá discernir entre lo correcto e incorrecto y, al mismo tiempo, abrirá una ventana hacia la posibilidad de perdonar a los demás, sin perder la noción de que es un proceso complejo que toma su tiempo, pero que también funge como un elemento liberador que conduce la vida del ser humano y de la sociedad en general a una actitud más empática y nos acerca a una sensación de plenitud.

Referencias:

Nussbaum, M. (2018). La ira y el perdón. Resentimiento, generosidad, justicia. Fondo de Cultura Económica.

Séneca, L. (2003). De la ira. Biblioteca Virtual Universal. https://biblioteca.org.ar/libros/89740.pdf 

Villa, L. (2015). El perdón en el plano humano: entre el amor y el diálogo. Praxis Filosófica Nueva serie, (41), 125-142. https://praxisfilosofica.univalle.edu.co/index.php/praxis/article/view/3184/4726