El discurso imperante sobre la llamada “Conquista de México” y otras alternativas
Dr. Paulo César López Romero1

Uno de los principales conocimientos que se ha fomentado para formarnos como mexicanos y/o ciudadanos mexicanos es el de la Historia. Específicamente en la Historia de México, la cual se divide en grandes periodos unitarios reconocidos como: Mesoamérica, Conquista, Colonia, Independencia, Reforma, Porfiriato, Revolución y México contemporáneo. De estos periodos algunos reciben más atención que otros, siendo a título personal los últimos tres los que más se difunden en estos tiempos. Dos de esas unidades parecen estar asumidas como completamente conocidas, sobre todo los ámbitos prehispánicos y de la conquista de México, como si no tuviesen nada que ofrecer y se imparten sin más. Se hace la descripción
de grandes culturas y pueblos que a la llegada de los españoles tuvieron un cambio importante. De estas unidades merece mucho la pena hacer reflexiones en torno a lo bien establecido y simple que se presentan, sobre todo porque se asumen como hitos fundacionales de México, una buena parte de la nacionalidad se ha querido ligar a los elementos prehispánicos y al mismo tiempo la identidad se ha buscado forjar considerando los eventos ocurridos a la cultura indígena derivados de la invasión hispana.
A 500 años de distancia, ¿es probable otra forma de pensar la Conquista de México?
A 500 años de distancia de los hechos relatados como Conquista de México se continúa difundiendo un mismo discurso acotado por una tendencia “mexicanista” y reforzado con el molde occidental. Esta combinación termina por repetir y repetir una historia torcida desde el origen. Dicha historia se presenta como bien conocida por intelectuales, literarios, burócratas y académicos acríticos. El discurso invariablemente se ha presentado así: un pequeño grupo de aventureros, a nombre del Rey (y con Dios como aliado), pudieron conquistar un imperio indígena tiránico cuyas prácticas salvajes, en su interior y hacia otros pueblos indígenas, terminaron por llevarlos a su ruina. Medio milenio después parece que no se puede pensar de otra manera. Se sigue señalando al indígena como el principal causante de su desaparición.

Se resaltan sus supersticiones, sus desencuentros con otros pueblos, su inferioridad en armamento y su noble inocencia como condiciones que facilitaron a los conquistadores su labor civilizatoria. Este panorama se presenta todavía más difícil cuando dichas afirmaciones, a voz de sus promotores, se encuentran fidedignas en las llamadas fuentes originales, tales como crónicas, relatos y los asumidos textos indígenas.
Es necesaria la adopción de una postura crítica.
Después de todo este tiempo, ¿es probable otra forma de pensar la Conquista de México? Una alternativa se presenta en que el relato histórico y sus fuentes deben estar sujetas a crítica y evaluación constantes. Más cuando se requiere tener opciones frente a las prácticas colonizadoras que han delineado, con éxito, un destino funesto a las culturas prehispánicas. Es necesaria la adopción de una postura crítica, indagar las condiciones de tiempo y espacio en las cuales los textos del siglo XVI han sido producidos. No se debe acudir a las crónicas sin tener en cuenta informaciones y explicaciones. Por ejemplo, las crónicas identificadas como indígenas, siendo las de Hernando Alvarado Tezozómoc y/o la de Fray Bernardino de Sahagún ejemplos icónicos muy resaltados, guardan una serie de condiciones importantes. No se debe obviar que fueron producidas desde los conventos, desde una metodología de escritura de la historia del siglo XVI, la cual invariablemente estaba ligada a la Obra de Dios en la tierra.

La literatura histórica medieval centra su atención en las acciones de Dios sobre Roma y Jerusalén y conformaron los patrones de las crónicas dispuestas en náhuatl. Bajo esa lógica aparecen presagios, profecías de la destrucción de dichos imperios y ciudades, en la misma manera que aparecen en los informantes de Sahagún, en los textos que el religioso preparó para explicar, pero sobre todo incorporar al otro dentro de la lógica occidental. Es muy interesante el apartado sobre los auspicios. En la práctica romana se desarrolló una tradición de interpretación de signos y presagios que sobrevivió la época medieval y llegó hasta nuestros días, con la afirmación de que los indígenas habían tenido señales anunciándoles el fin de sus tiempos. La desgracia de Jerusalén, definida como etapa teológica fundamental y necesaria del mito cristiano, sirvió de modelo a lo escrito sobre el final de Tenochtitlán y de las sociedades precolombinas. También revisando el discurso clásico se puede apreciar que la Historia de la Conquista de México es desde hace 500 años un relato completamente occidental.

Es probable escribir una nueva historia indígena y de la conquista.
En esta historia no ha habido lugar para la voz del otro, para las voces indígenas. La historia occidental tiene mucho empeño en describir a los indígenas (el otro) como seres grandes, sabios, importantes, pero a últimas conquistados por europeos, lo cual sólo beneficia a la imagen de la parte que se quiere proyectar como dominadora. Asimismo, el modelo occidental ha transferido, en los textos, sus formas, procesos, edificios, presagios para describir aquellas cosas extrañas que no eran occidentales: la cultura indígena milenaria. Las crónicas de la época resaltan figuras como emperadores, reyes, presagios, supersticiones, violencia, pasividad, sumisión ante las figuras regias/eclesiásticas y prodigios de toda índole, a todo aquello que no era ni por asomo como Europa. El empeño de resaltar las cualidades del otro, y de traducirlas a conceptos occidentales, se ha visto con buenos ojos desde el lado nacionalista que ni tardo ni perezoso recoge esas cualidades, pero sin entrever que está cayendo en una trampa discursiva.
Explicar los textos del siglo XVI, colocarlos en los precisos momentos históricos de su producción permite, sin duda, ir rompiendo esas gruesas capas que nos separan de un pasado histórico que nos serviría para trazar un futuro distinto. Debemos partir del principio de que, teniendo en cuenta la crítica de las fuentes, la historia de la Conquista no está revelada, ni mucho menos explicada, del todo y debe replantearse desde muchas aristas. Si no lo hacemos de esa forma, seguiremos produciendo textos con la firme intención de justificar la victoria del mundo occidental ante el prehispánico. Es necesario desde este punto de partida comenzar a buscar a los indios reales, aquellos que fueron borrados de los libros y de los cuales solo nos quedan sus escasos restos. Teniendo en cuenta esto, es probable escribir una nueva Historia indígena y de la Conquista, vale la pena la lucha y el esfuerzo.

1Doctor en Historia y estudios humanísticos por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, máster en Historia de América Latina por la misma universidad, maestro en geografía humana por El Colegio de Michoacán y licenciado en Historia por la Universidad Veracruzana. Actualmente se desempeña como jefe de oficina de archivo histórico del Archivo General del Estado de Veracruz.
Referencias
Durán, D. (1579). Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme. Biblioteca Digital Hispánica. http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000169486
Instituto Nacional de Antropología e Historia. (ca. 1950). Hernán Cortés, grabado. Fototeca Nacional. https://mediateca.inah.gob.mx/repositorio/islandora/object/fotografia%3A448297
Instituto Nacional de Antropología e Historia. (1950). Doña Marina, La Malinche, reprografía bibliográfica. Fototeca Nacional.
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Instituto Nacional de Antropología e Historia. (ca. 1920). La alianza entre los españoles y los indios ofrecían a cada señorío subsistencia y continuidad (Lienzo de Tlaxcala). Fototeca Nacional. https://mediateca.inah.gob.mx/repositorio/islandora/object/fotografia%3A439263