Las flores del Jazmín

Mirna Patricia Cruz Flores

La de Aurelia es una historia como la de tantas mujeres cuyas decisiones estaban atadas a la patria potestad de los padres. Ella tenía una ilusión callada que hablaba de vez en cuando en los pasillos del mercado, ahí donde ayudaba a su madre en el trabajo.

Él se perdía entre los transeúntes indefinidos y momentáneos, donde una mirada, un mensaje, un pañuelo, una palabra tirada al viento al pasar cercanos, significaban formas que en un disimulado acercamiento servían para guardarlos como dulcísimo anhelo antes de separarse y esperar días para repetir la misma escena, hasta que la vida y la suerte incógnita diera paso al logro de una fortuna apropiada para hablar con la madre de Aurelia y pedir su mano. Ella guardaba cerca del corazón un pañuelo con el entrañable y minúsculo patrimonio del amor, unas flores de jazmín que eran como un juramento íntimo. Nadie sabía de su existencia, nadie las había notado, pero a ella le guardaban el amor, el ensueño y la tristeza de la espera… por ello se habían secado.

Las flores del Jazmín

El amor a veces es amargo y se deleita jugando con los hilos de los corazones enamorados. Ocurrió que decidió mover las piezas de un plan por dos alientos ansiado. Se disfrazó de dulces en un pañuelo y un corto mensaje que sonaba familiar:

– Le mandan esto. Aurelia tomó el pañuelo sin preguntas y lo escondió con urgencia, sin decir más, luego en algún rincón de su pieza encontraría el momento para escrutar el secreto.

No tuvo tiempo para ello, esa tarde su madre la esperaba con reclamaciones y preguntas:

– ¡El sacerdote ha venido a pedir la mano para tu novio!, ¿por qué no sabía yo nada?, ¡te casas en quince días con Antonio!

– ¿Antonio… quién es Antonio?

– Pues el cura me ha dicho que es tu novio y le has recibido su pañuelo como promesa y juramento… por ello he dado mi palabra y no voy a quedar en mal… He consentido tu matrimonio. 

La desesperación de Aurelia le nubló el pensamiento con miles de ahogos y vacilaciones, su pacto secreto no tenía cómplices, no había quien pudiera llevar mensajes, su regreso sería una semana después de la fecha del aciago sacramento, demasiado tarde. ¿Quién diablos era Antonio?, ¿qué pañuelo? Un recuerdo le laceró el estómago e hizo revolotearle el corazón: – Le mandan esto… palpó entre sus ropas y lo encontró… ese pañuelo… era de Antonio… ¿Quién es Antonio?

Una semana estuvo repasando posibilidades para hechos futuros, hasta que concibió armada del valor que le daba la esperanza que se escapaba hacia donde trabajaba el dueño de su único sosiego. El último tren salía a las 4:00, en él iría, llegando a su destino sin dilación lo buscaría, le contaría lo imprescindible de cambiar los planes y la necesidad de casarse de inmediato, su madre y sus hermanos terminarían entendiendo y perdonando la forma que las decisiones perentorias habían tomado.

El día de la huida estaba lista, llevaba solo aquello significativo para su historia, los jazmines en el pecho y unas monedas, ahorro de su corta vida de trabajo. Esperaba, pero los relojes se comían a cuenta gotas el tiempo como presagiando y retardando el tormento. Para no levantar recelos saldría a las 3:00, diría que llevaría un almud de chile al mercado e iría sin demora a la estación para subir al tren y de ahí no sabrían de ella hasta que el destino volviera a torcer el rumbo. Por fin las 3:00, se despidió de sus hermanos, tomó el almud y se dispuso a salir, pero el cerrojo de la puerta se abrió ante ella. La luz blanca del día lastimó sus ojos… su madre entraba, venía con el cura de la iglesia y atrás… Antonio. Miles de terminales nerviosas cimbraron cada poro de su cuerpo; venían porque Antonio traía para ella unos botines blancos con ocho botones forrados que él mismo había confeccionado como ofrenda de bodas para que calzara el día de su matrimonio.

El reloj antes tan lento, antes inconmovible a su desconsuelo, ahora galopaba sobre los minutos y se los comía con rápido arrebato. Aurelia soportó ahogada la entrevista rogando su término; 3:45 no pudo más, se levantó de la silla y salió corriendo, oyendo detrás las preguntas de su madre y sintiendo en la espalda la mirada de Antonio, pero cruzando la puerta nada podría detenerla… Corrió sin pausa, sin desaliento hasta ver la estación y el último tren de la tarde irse sin ella a bordo.

Mis padres plantaron en el patio de la casa un jazmín que por las tardes emanaba un fresco perfume que entraba por la ventana. Como un pequeño tributo cada que visitaba a mi abuelita, mi padre me pedía cortar un ramito de las flores del jazmín para ofrecerle. Ella los recibía con mucho cariño diciéndome: – Muchas gracias hija, el jazmín es mi flor favorita.

Colocaba el ramito en un vasito con agua cerca de ella, quien con dulzura acariciaba mi cabello mientras su mente y su mirada huían serenamente en el tiempo. No sabía a qué geografías inasequibles de memoria se iba, yo solo acomodaba mi cabeza en su regazo. Con el tiempo comprendí que los aromas también evocan historias de amores muertos.